miércoles, 3 de junio de 2009

La envidia suele definirse como la tristeza por el bien ajeno; un sentimiento desagradable que se produce al percibir en otro algo que se desea; lo que no le agrada al envidioso no es tanto algún objeto que un tercero pueda tener sino la felicidad que ese objeto produce en el otro.
La envidia mezcla el deseo de poseer lo que otro tiene con la admiración por lo que otro ha conseguido, con el dolor por no tenerlo y con la rabia de considerar injusto el que él mismo no lo posea o no pueda poseerlo. Es la consecuencia de desear lo que no tiene y compararse con los demás.
La naturaleza destructiva de la envidia, que permite diferenciarla de la envidia sana, se refleja en que la primera origina malestar emocional; sentimiento que en lugar de ayudarle a conseguir lo que envidia, se lo dificulta.
El envidioso es un insatisfecho que siente consciente o inconscientemente mucho rencor contra las personas que poseen algo que él también desea pero no puede o no quiere desarrollar.
La envidia origina una serie de reacciones negativas muy numerosas: críticas, ofensas, dominación, rechazo, difamación, agresiones, rivalidad, venganzas, reacciones estas que pueden hacer que el envidioso se aísle de los demás o tenga serias dificultades para relacionarse adecuadamente con su entorno, y peor aún, la envidia se produce casi siempre hacia personas muy cercanas, hermanos, compañeros de trabajo, vecinos.
En suma, cuanto más débil e insatisfecha es una persona, tanto más envidiará a la gente que posea lo que a ella le falta.